Continuamos con las colaboraciones del camarada Andrés Garza. Puedes (o debes) seguir a Andrés tanto en Letterboxd como en X, así como dejar comentarios en este post. Toca el turno de hablar sobre la nueva entrega de 28 years later (Exterminio, para los cuates)
Esta tercera entrega nos habla de un olvido general: la imposibilidad de recordar lo que nos hacía humanos en un inicio, hayamos sido nublados por la infección o no.
Por eso, desde los primeros minutos, la película dirigida por Nia DaCosta me generó cierta resistencia. Daba la impresión de ser una cosa filmada en piloto automático, digna del peyorativo Original de Netflix que tanto ha servido para describir muchas películas de alto presupuesto en los últimos años. Limpia, controlada, apacible; o sea todo lo que la primigenia se esmeraba activamente en no ser. Pero, después de la marca de los 30 minutos, la cinta violentamente me tomó en sus manos hasta aflojarme y me ayudó a darme cuenta que vive completamente dislocada de sus predecesoras (28 Years Later incluida). Pude comenzar a leerla a partir de su evidente intención de ser ajena al género que, hasta ahora, había definido esta saga.
El quiebre, me parece, llega en ese exacto momento porque es cuando se adentra a su segundo acto, uno que parece existir en un universo completamente distinto al del primero, y así hacer más notorio su irregular terreno narrativo. La película protagonizada por Ralph Fiennes, Jack O’Connell, Alfie Williams y compañía, comienza, extrañamente, con la clara estructura de una comedia romántica. Y antes de que la particularidad de su tono pueda asentarse, brinca a su siguiente fragmento, donde ahora parecemos estar en un gore serie B apenas ligeramente aterrador, y más bien asqueroso. Para finalmente agarrarnos ya mareados y rematar en su tercer acto con (sí, leen bien) una comedia de enredos. Montaña rusa de emociones se queda corto.
El quiebre, me parece, llega en ese exacto momento porque es cuando se adentra a su segundo acto, uno que parece existir en un universo completamente distinto al del primero, y así hacer más notorio su irregular terreno narrativo. La película protagonizada por Ralph Fiennes, Jack O’Connell, Alfie Williams y compañía, comienza, extrañamente, con la clara estructura de una comedia romántica. Y antes de que la particularidad de su tono pueda asentarse, brinca a su siguiente fragmento, donde ahora parecemos estar en un gore serie B apenas ligeramente aterrador, y más bien asqueroso. Para finalmente agarrarnos ya mareados y rematar en su tercer acto con (sí, leen bien) una comedia de enredos. Montaña rusa de emociones se queda corto.
28 Years Later: El Templo de Huesos retoma poco tiempo después de donde se quedó su predecesora, con las desventuras del doctor Ian Kelson y de Spike ahora por separado. El primero explora las posibilidades de relación que pueden existir con los infectados, en particular con uno bastante imponente y de mucho poderío físico. Mientras que el pequeño Spike ahora debe acompañar a Sir Lord Jimmy Crystal esparciendo su reino del terror y tortura con el resto sus ávidos seguidores. Brincamos entre sus dos líneas narrativas constantemente, las cuales, a su vez, son bastante disonantes entre sí también, tanto tonalmente como en pretensiones temáticas. Aunque ambas tienen en común el mismo concepto central de la saga entera: incluso en un mundo postapocalíptico lleno de zombies rabiosos y ultraviolentos, lo más peligroso y malvado siguen siendo los seres humanos.
Así la cinta se manifiesta como una que se cuece aparte del resto de sus acompañantes hasta ahora —porque, juzgando por el final, muy probablemente existan más entregas— rechazando de manera enérgica sus cimientos terroríficos y cambiándolos por una levedad que se inclina mucho más por lo juguetón y lo melodramático. Una de las más grandes virtudes de la inicial película de Danny Boyle, quien produce este estreno, era que se sentía auténticamente malvada a pesar de su aparentemente esperanzador final. Dejaba una sensación de desasosiego y pesadumbre importante. Acá el sabor de boca es dulcísimo al terminar, rozando el entusiasmo ingenuo. Si la primera parte mostraba un apocalipsis que incitaba a la maldad; la segunda, uno sobre los peligros de la burocracia y la ilusión del control; esta tercera nos habla de un olvido general: la imposibilidad de recordar lo que nos hacía humanos en un inicio, hayamos sido nublados por la infección o no.
Prueba de ello es el titular El Templo de Huesos. El cual es vendido, a través del título en español, el trailer, el poster, e incluso los minutos iniciales de la película como en espacio tenebroso y profundamente demoníaco, algo que temer vaya. Y es apenas en las primeras apariciones del personaje de Fiennes (fantástico como de costumbre, por cierto) que descubrimos que no hay tal elemento sombrío atado a dicho templo. Sino que más bien se trata de una construcción que no busca nada más que remembranza y ser una especie de altar en honor a las almas perdidas de este mundo terrible, y en especial a que las ha provocado dejar de ser humanas. El guión de Garland entonces desactiva el terror desde adentro con una visión nostálgica y de reflexión frente al olvido de nuestra esencia entre la miseria.
Ese giro de resistencia —nada sutil, pero me parece que sumamente efectivo— es sin duda alguna lo que hace que 28 años después: El Templo de Huesos termine por establecerse casi como una feel-good movie en la que los zombies que tanto asaltaban los sentidos en la pantalla de Boyle, en la de DeCosta apenas y aparezcan, y se les reduzca a un grupo de tristes víctimas del desprecio de la naturaleza. Se regodea en situarse después del inicial terror, y se esmera en gritarnos que este, si no ha desaparecido, por lo menos se ha transformado radicalmente. Claro ejemplo es que somos testigos de más muertes de zombies a manos no infectadas que viceversa. La ausencia absoluta de jumpscares o construcción tensa hacia el espanto termina de recalcar que para estos personajes, lo más interesante ha dejado de ser la supervivencia, y se ha convertido en el cuestionamiento moral interno y la divagación filosófica sobre qué significa ser humano.


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