Mercy (Sin Piedad) y la ingenuidad en la coexistencia tecnológica.

Continuamos con las colaboraciones del camarada Andrés GarzaPuedes (o debes) seguir a Andrés tanto en Letterboxd como en X, así como dejar comentarios en este post. Toca el turno de hablar sobre la nueva entrega de Mercy (Sin PIedad)


En los últimos años han surgido películas alrededor del que es quizás el tema más sonado y discutido de lo que va de la década: la Inteligencia Artificial. Aunque, hay que decirlo, desde clásicos como 2001: A Space Odyssey (Kubrick), Ghost in the Shell (Oshii), Alphaville (Godard) o incluso las más recientes After Yang (Kogonada) o Her (Jonze), ya se dibujaban las líneas de lo que la tecnología ‘pensante’ podía llegar a ser, curiosamente siempre abordada desde el terror o cuando mínimo la incomprensión de una tecnología que, por lo menos en sus representaciones artísticas, siempre termina por sobrepasar a su creador.

En los últimos dos o tres años, con el crecimiento exponencial de las herramientas de IA, esta ha dado, increíblemente, un golpe de autoridad. De forma firme, ha pasado de ser representada, a representar. Ahora muchas películas y series son señaladas por el uso de la inteligencia artificial ya sea poco o mucho. Y algunas otras incluso se jactan de ello. Lo impensable ha comenzado a suceder de varios meses para acá, viendo ya no solo a través de un instrumento exclusivamente utilitario, sino que ahora este mismo artefacto es el lente por el cual tenemos que observarnos como humanos. Ahora la visión somos nosotros a través de “ello”.

Mercy, protagonizada por Chris Pratt y Rebecca Ferguson, apunta a ser el estreno fuerte en taquilla el próximo fin de semana en cines mexicanos. Dirigida por Timur Bekmambetov, la película se sitúa en un futuro ambiguo no tan lejano en el que se ha instaurado un nuevo sistema judicial en los Estados Unidos, donde la Inteligencia Artificial funge como juez absoluto para casos designados a la pena de muerte, dejando a los acusados apenas unos minutos para armar su caso y probar su inocencia, o de lo contrario morir. La historia arranca cuando encontramos al detective Chris Raven, firme defensor del sistema artificial judicial, sentado en la silla del acusado frente a la jueza Maddox, acusado por el asesinato de su esposa.

En realidad, me parece que la cinta no pasa de querer ser un blockbustersazo palomerillo que se limite a entretener un rato con su “novel” concepto y su gimmick del 3D, aplicado a ventanas y botones que sobresalen de la pantalla durante la película, la cual, por cierto, se desarrolla en su totalidad en la misma habitación donde se lleva a cabo el juicio del personaje interpretado por Chris Pratt. Y, a pesar de que no llega a ser tan cansado como uno pensaría debido a uno que otro ingenioso truco para hacerse menos estático visualmente, sigue sintiéndose poco ágil e inteligente para filmar su acción y sus momentos de revelación más importantes.

A pesar de su limitado y poco ambicioso acercamiento al tema, entre grietas Mercy deja ver su problemática y tibia ideología que se ha terminado por permear en ella desde la centralidad de las conversaciones polémicas sobre la IA. Si bien la cinta escrita por Marco van Belle se muestra como ingenua e inofensiva y quizás como despreocupada por su temática, su final es inevitablemente problemático por sus insinuaciones respecto a lo que significa la tecnología construida a partir de nosotros y sobre nosotros, y lo que esto conlleva. Cuando los créditos comienzan a aparecer, uno llega a la obligada conclusión de que la IA es mala solo si no se le comprende, o que, tal vez, no lo es tanto como parece. Es decir, nos coloca en un piso parejo con ella, dibujando una circunstancia en la que trabajando juntos haremos un mundo mejor lleno de justicia y de sonrisas y dulces y arcoiris. Definitivamente la película se regodea en ser simplona respecto a su temática, pero no se puede ignorar el hecho de que esta miopía termina en algo mucho más peligroso: una aceptación glorificada de que la Inteligencia Artificial es complementaria al ser humano, tanto como nosotros lo somos de ella; y que no hay herramienta en esencia ineficaz, sino mal utilizada.




Spoilers Ligeros a continuación.


Este resbalón provocado por una falta de ambición y de comprensión del tema en igual medida, lleva al largometraje de Bekmambetov a situarse en un sitio peligrosísimo que, contrario a las obras mencionadas al inicio de este texto, no parte desde un sitio de crítica, sino de aleccionamiento tibio y reduccionista. Su desenlace sensiblero y sacarino ayuda a restablecer a la IA como eje y como señor, dejando que siga estableciéndose como bujía para el futuro, ya no solo de la tecnología, sino del hombre. La acepta y la recibe sin un gramo de crítica más allá del pensamiento anodino “chin, a veces también se equivoca”. Con especial connotación en el “también”, no dejando escapar la oportunidad de recordarnos que si la IA se equivoca o es ineficiente no es porque no sea  pensante o carezca del más mínimo ápice de la inspiración, dolor o júbilo que nos hace humanos, sino simplemente porque no se le dio buen uso por parte de una persona mala, muy mala, malosa.

Terminan Spoiles

Al final, Mercy pudo haberse tratado de un intento de taquillazo meramente intrascendente e inofensivo. Pero al aventurarse en su tema con semejante despreocupación, ignorancia y hasta estupidez, se convierte en algo nocivo que obliga a pensar que si no es inocua, entonces es malintencionada. Pero son sus limitadas formas, acompañadas de un deficiente nivel dialogal y actoral, y una serie ridícula de plot twists las que me hacen pensar que si en su hechura es tan pobre, lo mismo sería en su intención conceptual. Existe una parábola que dice más o menos que cuando un perro se sienta al piano y toca mal, no te enojas con el perro. Te enojas con la persona que lo puso ahí esperando que tocara bien. Entonces, entiendo que no puede existir mayor molestia con una cinta que muy probablemente ya está trabajando al máximo de sus capacidades, pero es inevitable verla como una torpe aliada de lo que el Gran Capital Tecnológico intenta vendernos como el ineludible futuro. Cuando no se necesita pasar por un gran proceso mental para darse cuenta de que el verdadero futuro se encuentra en lo diametralmente opuesto, el arte.

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