Proyecto Fin del Mundo: Reconociendo los vacíos

Tenemos una nueva colaboració del camarada Andrés Garza. Puedes (o debes) seguir a Andrés tanto en Letterboxd como en X, así como dejar comentarios en este post. Toca el turno de viajar al espacio y hacer nuevos amigos con Project Hail Mary - Projecto fin del mundo

En muchísimas ocasiones hemos visto el fin de los tiempos de la humanidad representado en el cine, con alguna misión que se debe llevar a cabo para salvarla, generalmente de nosotros mismos, o si no, de alguna amenaza exterior. En el caso de Proyecto Fin del Mundo (o en inglés Project Hail Mary) esto nos es esclarecido desde su título, aunque en la película tarde un poco más en mostrarnos el qué y el cómo. Sin embargo, hay un elemento clave que vuelve a la nueva película estelarizada por Ryan Gosling algo que la distingue ligeramente del resto del que recién mencionaba, y es uno francamente inesperado en una historia de su tipo.

El doctor Ryland Grace despierta en medio de una nave espacial después de un largo sueño criogénico inducido sin saber por qué está ahí o hacia dónde se dirige. Al inicio su graciosa crisis sirve para que explore la nave en busca de pistas que le ayuden a recuperar la memoria acerca del origen de su solitario estado actual, recordando poco a poco que se encuentra en la homóloga misión que busca la salvación de la raza humana. Pero es hasta que se encuentra con una misteriosa nave masiva en medio del espacio que su travesía comienza a tomar rumbo, al conocer al desconocido ser que habita dicha nave.




La película se parte así en dos relatos paralelos separados por varios años en el tiempo. En una vemos a Grace intentar descifrar el secreto que amenaza con poner punto final a la raza humana en la Tierra, a la par que desarrolla una relación particular con el ente desconocido de la otra nave. Y en la otra, vamos descubriendo, en una suerte de flashbacks extensos lineales, las razones por las cuales el protagonista se encuentra a bordo de esta embarcación interplanetaria, y su ríspida pero genuina relación con Eva Stratt (encarnada por la siempre fantástica Sandra Hüller), líder del proyecto bautizado a partir del término usado en el fútbol americano para describir un último recurso ante posibilidades ínfimas.


Siendo completamente honestos, me costó algo de trabajo subirme al tono adecuado para toda la familia (según Disney) remarcado en los primeros minutos de la cinta. Un humor bobo que coronaba el final de cada escena con un Gosling ultra físico, reaccionando ya fuera corporalmente o a través de la voz de manera peculiar a sus extraordinarias circunstancias. Y la verdad es que estaba encontrando a su doctora Grace algo repetitivo de muchos otros misántropos graciosos que hemos visto N cantidad de veces. Pero, conforme avanzó su relato, no pude evitar verme conquistado por su encantadora y algo triste presencia frente a la cámara, volviéndose más objeto de empatía y de reflejo que de lástima. Y cuando me pareció que la obra de Phil Lord y Christopher Miller de plano despega para no volver a tocar el suelo, fue en el momento en el que aparece su maravilloso co-protagonista.


No quiero hablar demasiado del alienígena que el científico norteamericano se topa en medio de la nada dentro de un vehículo espacial seductoramente interesante, más allá de su conocida presencia que es mencionada en el trailer oficial. Lo único en lo que ahondaré es en lo que termina representando, tanto para Grace, como para la película misma. Es la razón principal para separar Proyecto Fin del Mundo del resto de las películas de su especie. Y es que, como mencionaba al inicio, suele haber una concentración por parte de este tipo de blockbusters en la población total de la Tierra de manera holística, estableciéndose como principal eje y motivo. Aquí es un pretexto para explorar la importancia de lo individual sobre lo colectivo. A la película no le interesa qué sucede con los humanos mientras el mundo se acaba o cómo lidian con esto; sino qué pasa por la mente de un hombre a quien nadie allá abajo va a extrañar, y que tampoco extrañará a nadie si este apocalipsis termina sucediendo.



Esto es conmovedor, a pesar de sus convenciones en prácticamente todas las áreas y acercamientos al tema, porque logra forjar una genuina relación de mutua desdicha en sus dos personajes principales, quienes más allá de conocerse en circunstancias por demás extraordinarias y fantásticas, desarrollan una conexión especial a partir de algo sumamente básico: su soledad. Gran parte del metraje consiste en observar cómo este sujeto misterioso y Grace se descubren y desentrañan mutuamente. Es a partir de ahí donde Lord y Miller construyen una sólida base para sumergir al público en una aventura en la que, a decir verdad, poco nos importan los tecnicismos de la proeza que lleven a cabo nuestros héroes (o entes comunes) para salvar sus respectivos hogares, y más bien descubrimos, con dulzura y mucha simpatía, que dicho hogar se encuentra en el otro.


Y, a pesar de que podría pensarse que es inevitablemente influenciada por las ya recurrentes películas espaciales como 2001: Odisea Espacial, High Life, Solaris, Ad Astra, Interestelar, En La Luna o Gravedad, de estas solo toma ciertos elementos formales en algunas secuencias específicas, haciéndolas propias con distintivos bellos, regalándonos un par de momentos audiovisuales incluso por encima de su hechura general, memorables. Se acompaña de una duración que, lejos de ser innecesaria, me entusiasmó, ya que refleja un grado importante de desparpajo y de arrojo por parte de un estudio grande al estrenar un potencial taquillazo de poco más de dos horas y media. Con la desvergüenza de colocar más o menos ocho finales (por si alguno no pegaba, supongo) y lo peor, con éxito, ya que es casi imposible no ver los créditos correr sin una gran sonrisa en la cara.


Un para nada despreciable blockbuster alejado conscientemente del cinismo, que se deja ver a lo largo de cada uno de sus minutos con definitivo encanto y gracia cada vez más escasos en los grandes estrenos. Una película que deambula torpemente en sus primeros minutos para terminar encontrando su camino dorado hacia la introspectiva exploración de los desadaptados y de los cobardes, y cómo estos pueden encontrar su redención a partir del reconocimiento mutuo de la soledad en el otro. Todo lo que no somos, podemos llegar a serlo, si alguien más nos mira con el suficiente amor como para querer descifrarnos. Un bello recordatorio de que, quizás, el verdadero Proyecto Hail Mary son los amigos que hicimos en el camino.

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