Seguimos con nuestra revisión de lo visto, ahora con una cinta que compite por el Premio Mezcal, Oca. Apariciones especiales de Arturo Garibay de Top Cinema, Enrique García y Óscar Chavira.
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Oca padece del síndrome de película festivalera, tanto en lo positivo como en lo negativo. Eso sí, como se vio en la charla que tuvimos en el video, da para discutir, y es de esas cintas que mientras más la pienso, más me agrada, aunque no me terminará de convencer.
La ópera prima de Karla Badillo, quien escribe y dirige, nos trae a Natalia Solián como Rafaela, una monja en una congregación de poca monta en donde solo quedan tres hermanas en activo. Rafaela tiene el don de tener visiones que podrían ser proféticas, y le es encomendada la misión de ir a visitar al arzobispo para pedir apoyo para su olvidado convento que está en medio de la nada. En su recorrido se encontrará con un grupo de peregrinos que llevan a su santo también al pueblo de San Vicente, buscando la atención del solicitado Arzobispo, así como de un desafortunado paracaidista (Leonardo Ortizgris) y una adinerada señora (Cecilia Suárez) cuya habilidad es el no despeinarse y poner cuernos a su marido que también tiene una profesión de altura (Enrique Arreola).
La ópera prima de Karla Badillo, quien escribe y dirige, nos trae a Natalia Solián como Rafaela, una monja en una congregación de poca monta en donde solo quedan tres hermanas en activo. Rafaela tiene el don de tener visiones que podrían ser proféticas, y le es encomendada la misión de ir a visitar al arzobispo para pedir apoyo para su olvidado convento que está en medio de la nada. En su recorrido se encontrará con un grupo de peregrinos que llevan a su santo también al pueblo de San Vicente, buscando la atención del solicitado Arzobispo, así como de un desafortunado paracaidista (Leonardo Ortizgris) y una adinerada señora (Cecilia Suárez) cuya habilidad es el no despeinarse y poner cuernos a su marido que también tiene una profesión de altura (Enrique Arreola).
La cinta tiene toques que podrían ser buñuelescos (a la Nazarin), con acercamientos surreales a los entornos olvidados, en donde vemos un convento en ruinas, la adoración de una imagen pero no tanto de lo que significa, y una que otra discusión. El juego de fotografía de Diana Garay es poderoso, y por momentos encontramos composiciones bellas con los cruces de realidades, pero estos se pierden en una cinta que aunque sabe a donde quiere llegar, no sabe muy bien cómo lograrlo.
El mayor problema es el manejo de personajes. Cuando uno los tiene bien definidos, la historia se cuenta sola, especialmente cuando estos se encuentran o confrontan, pero eso no pasa en esta historia, la cual por momentos parece querer ser más contemplativa (festivalera) y otras tantas con mayor trasfondo y simbolismo (festivalera mamona), en donde las casualidades y encuentros pierden significado. Confieso que tuve que leer al camarada Diezmartinez para encontrar detalles que aunque sí los detecté, me parecieron irrelevantes, y es que ese era el peso que les encontraba en la historia.
Sin embargo, con todo y sus problemas, hay algo que todavía me causa fascinación. No conecto con los juegos de la fe que busca plantear la historia, pero definitivamente hay algo que esperemos la directora logre desarrollar en futuras cintas.

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