Moscas: la ciudad en los sonidos.


Continuamos con las colaboraciones del camarada Andrés Garza. Puedes (o debes) seguir a Andrés tanto en Letterboxd como en X, así como dejar comentarios en este post. Toca el turno de hablar de la segunda cinta reciente de Eimbcke. La anterior fue Olmo y puedes leer sobre ella aquí. Moscas está en cartelera regular gracias a Mubi, y puedes ver en qué salas está disponible aquí.

“No son tantos. Tus ojos hacen que parezcan más.”





En el último par de décadas hemos visto a la Ciudad de México representada en el cine nacional con frecuencia a través de diferentes géneros y distintas aspiraciones. Esto no significa una heterogeneidad en los lugares o la manera en la que es filmada. En el caso de Moscas, de Fernando Eimbcke, nos encontramos frente a una película que no sólo observa sitios de maneras distintas, sino que echa mano de otro elemento, casi siempre ignorado en la corrida comercial mexicana, de manera considerable para hablarle a su público: el sonido.

Olga es una señora que vive sola en un edificio de departamentos frente al Hospital 20 de Noviembre del ISSSTE. La mujer interpretada por Teresa Sánchez ocupa la totalidad de su tiempo básicamente en ver la televisión, jugar sudoku en su computadora del año del caldo, comer en la cocina económica de enfrente, y espantar las moscas que conviven con ella. Todo esto lo realiza con una uniformidad emocional de entre disgusto, flojera y hartazgo: una típica señora malhumorada. Su rutina se ve alterada cuando, buscando conseguir dinero extra para una operación, renta el cuarto vacío de su departamento a Tulio, un hombre joven acompañado de su pequeño hijo Cristian, que busca quedarse cerca del hospital mientras su esposa recibe tratamiento de quimioterapia.

La película no esconde sus intenciones de mostrar la inevitable formación de una particular relación entre Olga y Cristian desde que el padre le explica a su hijo que tiene que irse a trabajar, tocando todos los tropos de viejo gruñón rindiéndose ante niño adorable que se conocen de sobra. Sin embargo, Eimbcke llega a ellos con una autenticidad derivada de una puesta en escena simple pero paciente al momento de construir los espacios alrededor de sus dos personajes protagonistas. Y la construcción de estos se da a partir principalmente de lo que escuchamos cuando están en pantalla.

Los primeros segundos de la cinta, que abrió el pasado Festival Internacional de Cine de Guadalajara, nos dejan en claro que la cosa va del oído al mostrar un cuadro completamente negro, solamente acompañado del sonido de una mosca volando. Pero incluso más allá del generalmente molesto ruido que hace el titular insecto, el cual es utilizado como un fantástico leitmotif más adelante, la película continúa a lo largo de su duración envolviéndonos en sonidos que terminan por diseñar a la capital del país como un sitio abrumador, pero sumamente estimulante por igual. Donde, no importa en qué dirección mires, aún queda sitio para encontrarnos en la intersección del cariño y del humor.

Desde la clásica bulla de personas, concierto de claxons atrapados en el tráfico y el silbido del pitido del carrito de camotes, hasta los ya melancólicos efectos de sonido de maquinita de videojuegos o de los celulares de prepago del Oxxo cuando jugabas viborita en ellos, el largometraje coescrito por Eimbcke y Vanessa Garnica cuenta el dolor y la dicha de sus habitantes a través de elementos auditivos cuidadosamente concebidos para así brindarnos la posibilidad de vivir junto con ellos en el sur de la Colonia del Valle la noble y difícil aventura de aprender a reconocer en este el violento pero arrullador paisaje sonoro la plausible presencia de otras vidas, tan atormentadas, quizás, como la propia.

Resulta entonces sumamente grato ver en Olga el cambio que surge idealmente en todo aquel que es tocado por la alegría inocente de un tiempo pasado perdido. El zumbido que se oye desde el principio provoca en ella lo que probablemente haría en la mayoría de nosotros: molestia. Busca eliminarlo a toda costa, ya sea sacando a dicha mosca por la ventana o matándola con la chancla. Y en un gesto de narrativa circular padrísimo, la película termina con otra mosca (¿o quizás la misma del inicio?) haciendo exactamente el ruido una vez más, pero ahora significa otra cosa. El ruido es el mismo, pero ahora, podría ser la señal de que la vida avanza, y que, en una de esas, vale la pena transitarla bailando.

Paralelamente, Cristian atraviesa un umbral similarmente representado de manera auditiva, al lidiar con el hecho de tener a su mamá en plena batalla contra el cáncer, y sobrellevarlo con ayuda del Cosmic Defenders Pro, una maquinita de videojuegos fuera de una farmacia. “No se trata de cualquier moneda” se dice sobre los 5 pesos que el personaje que encarna el debutante Bastián Escobar ingresa en el aparato a cambio de tres intentos para jugar a matar invasores. Es verdad, no se trata de cualquier moneda, y es que la máquina resulta ser un sitio de encuentro, de remembranza de lo perdido, donde podemos refugiarnos para recibir un abrazo cuando los golpes de realidad adquieren una crueldad tan cínica que parece quitarle todo color a la vida.

Moscas construye así a la ciudad, y todo lo que contiene, a través de los sonidos. Carga todos sus texturizados y maravillosos elementos sonoros con un significado considerable para usarlos como transmisores de las emociones por las que sus entrañables personajes atraviesan en su interior, al mismo tiempo que moldean exitosamente el espacio defeño que les rodea y por el que les ha tocado transitar. Un microcosmos citadino que nos muestra el suplicio de la indiferencia urbana o la eterna burocracia mexicana. Pero que también encuentra espacio para hacer notar los detalles que hacen a la gente pausar en su interminable y mecanizado día a día para apreciar y agradecer. Y, sobre todo, para los pequeños actos de amor dentro de las infinitas y bellísimas historias que nos rodean y están siempre presentes, si tan solo nos detenemos a mirar.

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